Profr. Santos Noé Rodríguez GarzaEs costumbre en los pueblos de nuestro México que los hijos a medida que van creciendo, van colaborando en los trabajos de la casa; Jesse contaba con trece años de edad y ya se encargaba de pastorear las cabras que su padre adoptivo tenía en el Rincón de las Calaveras; por las mañanas muy temprano tomaba: su itacate que era de tacos que hacia de chorizo con huevo y frijoles, y una botella con café con leche, con los que se alimentaría durante el día y emprendía la caminata hacia la sierra, donde en una hondonada a la protección de los vientos del norte estaba el corral de las cabras.


Con un fuerte silbido anunciaba su presencia y los perros guardianes que ya lo habían sentido le ladraban para darle la bienvenida; los alimentaba con trozos de carne hervida de alguna liebre, tejón, o tlacuache que había cazado; y lo hacia en esa forma para proteger a los perros de la tentación de levantar un bocado que otros pastores tiraban para que los coyotes se envenenaran y no hicieran daño a su ganado.

El jacal donde pernoctaba estaba en la punta de la loma, a la salida del rincón; el día se presentaba muy bonito, los rayos del amanecer iluminaban la mañana y el sol asomaba su dorada cabellera, a lo lejos, en las lomas de Vallecillo; abrió la puerta del corral y los animales empezaron a salir, él los iba contando para estar seguro que ninguno le faltaba; se dirigió a un pequeño aguaje que se hacía junto a unas rocas y que estaba por secarse ya que el verano había estado muy seco. Silbando se internó en el monte, mientras los animales triscando los matorrales se alejaban buscando la escasa hierba con la que se alimentaban.

El tiempo transcurría lentamente y Jesse alegraba su existencia pensando en la muchacha bonita, que días antes se encontró en un baile en la plaza; de pronto unos arreboles le volaron el sombrero y fueron tan repentinos que hasta lo asustaron; pasado el mediodía el cielo comenzó a nublarse y señales de tormenta se avistaban a lo lejos; para media tarde cayeron las primeras gotas de lluvia y emprendió el camino de regreso; estaba cerrando la puerta del corral, cuando se desató el aguacero; corrió a refugiarse en el jacal esperando que fuera una pasajera tormenta de verano, de esas que llegan de pronto y se van enseguida; pero el ruido de los rayos que caían se escuchaba, fuertemente; la tormenta iluminaba todo el panorama, y la lluvia caía a raudales; de pronto pensó: que el arroyo cercano a los corrales podía llenarse y desbordándose se llevaría de encuentro el ganado; se puso el sombrero y se cubrió con un pedazo de plástico y corrió a abrir la puerta del corral, los animales salieron de prisa y por instinto se treparon a las partes altas de la loma, Jesse se volvió al jacal; habiendo transcurrido un buen rato, se dio cuenta que el agua del arroyo ya llegaba a la puerta del jacal, escuchó un ruido ensordecedor rumbo al rincón y de inmediato tomó la decisión de salirse del lugar; cubriéndose con lo que pudo, corrió, buscó lo alto de la loma y junto a una roca se refugió; pasaron unos cuantos minutos y con la luz de los relámpagos vio como el agua embravecida destrozaba tanto el corral como el jacal. Se había salvado de milagro gracias a que su cerebro lo alertó y tomó la decisión correcta. Pasó toda la noche acurrucado soportando el aguacero; en la madrugada la lluvia cesó y el amanecer lo encontró titiritando de frío y a la luz de la mañana contempló el desastre; hacia abajo se divisaban los daños que ocasionó la tormenta.

En su casa sus padres angustiados rogaban por que amaneciera, para poder ir a buscarlo; se temían lo peor, ya que sabían de los riesgos a que se enfrentaba su hijo. Montaron sendos caballos, llevando alimentos y café caliente y emprendieron el recorrido; llegaron al rancho con muchas dificultades y al contemplar el desastre, la madre rompió en llanto; pues creía que ya no encontraría a su hijo con vida; con grandes gritos empezaron a llamarlo; de pronto, a lo lejos, escucharon una débil respuesta que les llenó el corazón de esperanza. ¡Jesse estaba vivo! lo encontraron empapado y morado de frío; el abrazo y los besos de la madre lo volvieron a la vida. Hoy vive en Houston, Texas y con orgullo narra como salvó la vida gracias a una acertada decisión.

Santos Noé
Cronista de la ciudad
Miembro Activo A E S H


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