Profr. Salvador Garza Inocencio Hay una película de la cinematografía norteamericana titulada “To sir with love” interpretada por el artista Sidney Poitier. quien protagoniza a un maestro de segunda enseñanza, de una comunidad londinense. En español el título de la cinta es “Al maestro con cariño” en ella se narra, la vida del maestro y las peripecias, que todo aquel que se dedica a la enseñanza, tiene que hacer para salir avante, al final, después de muchos esfuerzos, se ve coronado su trabajo, con una graduación, donde sus alumnos le reconocen su valía.

Hoy ella tiene “algunos” años sobre sus hombros fue mi maestra de la cátedra de Economía en la Escuela Normal. Su voz era pausada, serena y llena de seguridad, Hace días en la casa de mi madre platica conmigo y me dice “Hoy todo es distinto, todo ha cambiado” y le digo: ¿Porqué dice eso maestra? y me dice: es que hoy hay “indisciplina” y eso que los grupos son de veinte o veinticinco, imagínate, en aquel tiempo teníamos bajo nuestra responsabilidad a más de cincuenta alumnos, casi sesenta y teníamos orden, había disciplina. ¡Hoy los tiempos han cambiado! y le dije, tiene usted toda la razón, y luego me comentó, en aquel tiempo tenía yo en el cajón de mi escritorio alcohol, yodo, algodón, vendas, curitas y más, porque después del recreo siempre había golpeados o descalabrados, pues en el recreo habían muchos pleitos, por las canicas, por los trompos, por la posesión de la ola, de los columpios, o de los volantines o de aquellos que caían de los resbaladeros de lámina de la escuela, de aquella escuela de mi cariño y de mis recuerdos. Dentro de sus remembranzas, trae a su memoria la figura alta de uno de sus alumnos, cuando ella atendía un grupo de cuarto año en la Escuela “Manuel M. García” llamada también en ese entonces “la escuela de niños” y frente a ésta se encontraba la Escuela “Teresa R. de García” conocida como “la escuela de niñas”. Pues bien ella laboraba con niños, algunos con carácter fuerte, a quienes había que pulir sus mentes cual piedras preciosas. Él, el más grande de todos, golpeaba a los más pequeños y sobre todo lo hacía en el recreo, niño a quien la maestra regañaba y llamaba la atención con mucha frecuencia, aplicándole muy a su pesar algunos correctivos. Este muchacho a sabiendas de las reprimendas de su maestra, en muchas ocasiones brincaba la ventana y “se iba para su casa”. Él vivía en el popular “barrio la carretera” y para llegar a la escuela tenía que tomar diariamente la calle Escobedo, pasando por un hermoso y muy bien cuidado jardín, lleno de rosales de todos tamaños, clases y colores, plantas con bellas y coloridas rosas, cultivadas con mucho amor y gran entrega por la dueña de este pequeño paraíso, ella era una gran dama y en el barrio la llamaban Doña Macrina. Aquel muchacho travieso, se acercaba al barandal y le dice a Doña Macrina, señora me regala una rosa, a lo que ella le contesta ¿y para qué quieres tú una rosa? y él le dice “la quiero para regalársela a mi maestra”. Y así por mucho tiempo aquel muchacho llevaba una hermosa rosa a su maestra, que al verlo en la puerta del salón de clases y con una flor en la mano, diciéndole ¿Maestra me deja entrar? la maestra le permitía la entrada. En muchas ocasiones una rosa fue el salvoconducto para llegar de nuevo al aula escolar. Pasa el tiempo y un buen día a la hora de la comida, Doña Macrina le dice a su hija que es maestra, sabes hija, todos los días pasa por la banqueta un muchacho alto y me pide que le regale una flor del jardín y me dice que es para su maestra, yo ni siquiera conozco a su maestra, pero se la regalo de muy buena gana. Madre, le dice su hija, esa maestra soy yo.

Con cariño y respeto para mi maestra Rosa Norma Morton Martínez. Pero así está el mundo y éstas son “Nuestras Cosas”.

Hasta la próxima.

Garza Inocencio
Miembro de la Asociación de Escritores de Sabinas Hidalgo


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