Profr. y Lic. Héctor Mario Treviño Villarreal

La vida cotidiana en el pueblo transcurría normalmente, la paz y el orden eran violentados en forma esporádica, a raíz de la amenaza aborigen, asaltos efectuados por bandoleros e informaciones sobre los sucesos independentistas.

Sin embargo, problemas menores de orden común y noticias escandalosas, como rapto de mujeres y pleitos pasionales, eran motivo de verdadera indignación, sobre todo en los diferentes corrillos, conformados principalmente por grupos de personas que para matar el tiempo se dedicaban a “meter tijera” a todo mundo, desde el cura hasta las autoridades, pasando por la hija de la vecina, el loco y el vagabundo.

Pocos salían bien librados de estas murmuraciones, que por sus prácticas se asemejaban a los tribunales de inquisición, bastaba una sola sospecha o comentario para ser víctimas de juicios a todas luces injustos, ensalzados generalmente por una lluvia de ideas y suposiciones basadas en la mentira y exageración, donde el enfado de la generalidad era el desenlace lógico, llegándose en algunos casos al repudio y castigo corporal.

Comúnmente en estos asuntos, los mandos militares, civiles y eclesiásticos, tenían que intervenir, para evitar que el populacho se hiciera justicia de propia mano.

Así mismo, eran mediadores en situaciones no tan graves, pero que eran materia de encono, tal es la circunstancia que se presentó el 18 de julio de 1817, en una disputa entre Rafael Franco y Vicente Vedía por una potranca.

Según el Subdelegado del Real Francisco Lazarte, el primero no dio pruebas de que fuera suya, en cambio el segundo presentó la declaración de un testigo, quien afirmó: “que la conoció chiquita al pie de la yegua, que era colorada, fue creciendo, por lo que mudó de pelo, haciéndose rosilla, que la miró como un año poco más o menos y desde ese tiempo no la había visto hasta ahora,(...) dijo conocer la potranca pues la tuvo en el corral y por no tener el fierro de su amo no la herró, pero que le había cortado la mitad de la cerda de la cola y lo mismo de la crin, dejándole copete.”i

Tales testimonios fueron presenciados por Pedro y Manuel Villarreal, hombres íntegros, desinteresados, de acreditada conducta e inteligentes en el campo, a quienes se mandó llamar al efecto como jueces, para que con su anuencia determinaran en equidad.

Mientras tanto, el vecindario habló de los hechos, tildaron a Vicente de “viejo rico aprovechado”, Franco apareció como la víctima.

Lo dicho por el vaquero se verificó por ellos, sin embargo decidieron realizar una prueba definitiva: soltar la potranca con ambas yeguas para ver a cual reconocía, el resultado favoreció a Vicente, en virtud de lo cual se dictaminó su posesión, al mismo tiempo que el otro quedó como ladrón, pues además se averiguó su participación en otras situaciones iguales, en las que pretendió avivarse.

El parecer fue informado a Francisco Bruno Barrera, Gobernador Interino, para su aprobación.

Los lugareños se mordieron la lengua ante lo ocurrido, pero no faltó quien dijera que “con dinero e influencias se podía ganar cualquier disputa.”ii

iArchivo General del Estado de Nuevo León. Correspondencia de Alcaldes Primeros de Vallecillo. 1817.

ii Idem.

Mario Treviño Villarreal

CIHR-UANL


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