Carolina Montemayor Martínez"Remington"

Está, desde hace más de 30 años, allí, en un ángulo de la sala, silente e inmóvil, a veces, voces nostálgicas del ayer o curiosas del mañana, me preguntan por qué y contesto que perteneció a mi padre, la heredé a su muerte como tomé, años después, los lentes de mi madre, de la mesa de noche, junto al lecho donde expiró.

Esta Remington es un sunami de recuerdos; en ella, mi padre escribió dos de sus libros: "Sabinas Hidalgo en la Tradición, Leyenda, Historia" y su "Técnica para la Enseñanza de las Matemáticas". De éste último recibí un ejemplar en París con su dedicatoria inolvidable.

Esta máquina, imprimió miles de páginas, espejo inmenso de las ideas de mi padre, en sus discursos, poemas, oraciones fúnebres, cantos y loas.

Cuando él era aún adolescente, llegó al pueblo la primera máquina de escribir, se encontraba en una oficina pública. Él entraba por las noches, furtivamente al lugar para desentrañar el misterio de la técnica de la mecanografía, así pudo aprender aunque no de la forma ortodoxa que conocemos, escribía utilizando los dedos índices preponderantemente. En aquella oficina no había luz además de que el carácter oculto de su visita le impedía iluminar el espacio así que él llevaba una batería de mano. No había un manual ni alguna guía metodológica que lo ilustrara. Su aprendizaje fue producto del esfuerzo, de la voluntad, la determinación y el deseo intenso de investigar, el poder de conocer, la osadía de saber...

"Vayan al cine" nos decía cuando necesitaba silencio y concentración para la redacción de sus textos. Regresábamos del cine y el tecleo tenaz era arrullo mientras nos entregábamos a los sueños, canto gregoriano que poblaba de fantasías nuestra vigilia y nuestra inconsciencia, anhelo de aprehender sus energías y sus quimeras...

Hace algunos días, André, mi nieto primogénito, de apenas cuatro años, tecleaba en la vieja Remington, su padre le dice: Ya nos vamos, da un beso a Carolina, el niño responde: Espera, estoy aquí con mi "computadurita" Estas nuevas generaciones cibernéticas ignoran lo que es una máquina de escribir, ellos tienen la opción de la maravilla de la informática con su interminable serie de posibilidades. Ante esta realidad me digo: ¡Cuánto habría disfrutado mi padre esta modernidad, esta tecnología que nos universaliza y nos aproxima, esta ubicuidad mágica que nos desdobla y nos sublima!

Observo la Remington y sonrío a la evocación de su nueva designación: la "computadurita" grandes cosas esperan a estos jóvenes con la oferta creciente y renovada de la inventiva, con sus caminos pródigos en recursos, quizá, algún día, ellos también evoquen algún recuerdo, con la misma pasión que dibujo en mi memoria la imagen de mi padre, tecleando sus designios, dando forma y nombre a la emoción, expresando su íntimo ser sin temor, sin mentira.


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