Carolina Montemayor MartínezEs un recuerdo guardado en el tiempo, aquel tiempo lejano de días de escuela primaria; cuarto grado o quizá tercero, la calle, lodosa si llovía, cien metros de distancia a la casa y aquel olor que salía al encuentro saturando la atmósfera, haciéndose presente extraño y penetrante, un chirriar de alguna reacción desconocida entre el fuego del acero al rojo vivo y el agua fresca recién sacada de la noria y luego, aquel vapor gris, odorante serpiente alada elevándose convertida en fina y transparente nube, hasta desvanecerse y fundirse en el azul de aquel cielo infinito.

Muchas veces, camino de la escuela, percibí esta rutina, el hombre, nunca supe su nombre, herrero dueño de la fragua, templaba sus aceros y daba al barrio su carácter de trabajo y tesón.

El aroma inolvidable que emanaba de su fragua, templó también el arcón de mi memoria y, aunque, después de algunos años, se marchó con su alquimia y su magia, aún percibo su espacio, su ambiente, su quehacer misterioso, todavía me pregunto su devenir incógnito.

Frente al taller, retardaba mi paso, respiraba aquel bálsamo y escuchaba, después del grito del acero herido que lloraba al golpe fiero del martillo sobre el sólido yunque y era como un canto de guerra triunfante y decidido, como declaración de amor que se sabe sincero y verdadero y porfía y confía. Continuaba mi ruta y sobre ella escuchaba el siguiente capítulo de la radio-novela, aquella ingrata intrusa cuya maldad sin límite desataba los odios y enfermaba las almas y fraguaba delirios...

Rememoro aquel tiempo que creía, por error, olvidado pero, vivo y vigente porque hoy recibo este mail que me habla de herreros, de aceros templados y de aquellos aceros que no logran templarse, jamás serán buenas hojas de espada porque no resisten el calor del fuego del infierno en el contacto al agua fría ni al golpe del martillo mil veces repetido y confinados son a la inmensa montaña de viejo hierro inservible...

Así, el hombre, sometido al fuego del dolor, los golpes de la vida, el frío ingrato del fracaso o del desprecio, se sostiene y se templa como el fino metal.

No desiste en su intento de ser espada fina o sonoro instrumento, o bien útil materia, sin importar manera, ni tiempo, ni fatiga, ni espera.

Es éste su verdadero designio de nobleza.


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