Carolina Montemayor Martínez"Los buenos recuerdos duran largo tiempo; los malos, más todavía"

Me gusta mi barrio, tranquilo y bello. Sus calles serpenteantes al pie del Cerro de la Silla, su perfil, inconfundible y único, sus cañadas eufemísticamente llamadas parques hundidos, el más próximo a mi casa es el paraíso perdido. En lo más profundo del cañón, un arroyo de aguas cristalinas da cauce a las lluvias cuando el cielo nos regala esa alegría, ríe el agua a su paso bajo las altas frondas de los añosos árboles que bordean la corriente y ríe el niño que juguetea imaginando ser el superhéroe que su mejor fantasía le inspira.

Canta el ave que despide al astro en el incendio del ocaso. Muere el día, sus últimos reflejos nos dicen "hasta pronto" y nos prometen otra aurora clara y resplandeciente como la que hoy vivimos, otro día, otra esperanza, otro horizonte, otro mañana, una opción más de existencia...

Camino, subo, bajo, cruzo las pequeñas plazas entre el barullo de las urracas, observo cada jardín, cada casa enrejada, cada auto y la advertencia de sus alarmas. Luego me pongo triste, tanto anuncio de "Se vende" "Se renta" Tantos hogares en subasta. ¿A dónde pueden ir? ¿Dónde van a encontrar mejor lugar para vivir o para morir? Hablo conmigo misma y me contesto: Son parejas viejas que ya están solos, los hijos desplegaron sus alas y dejaron el nido, tejieron sus anhelos y se fueron, crecieron, florecieron. Ahora construyen el propio y lo extienden, piensan en el cobijo de los que pronto vienen...

La historia se repite, hogares espaciosos, pletóricos de voces, de cantos y de sueños, que van quedando solos. Los viejos sufren mal del desierto, tan silencioso y deshabitado, Sólo lo pueblan antiguos ecos y mil recuerdos, sólo recuerdos que se confunden con lejanos ecos, ya desgastados, tan repetidos, tan escuchados...

Casas en venta, me parecen tan tristes, obscuras, sin jardín, sin música, sin aliento de vida, son casi fantasmales, abandonadas a la suerte de los próximos dueños, (si es que hay alguno). Imagino un nido de golondrinas desertoras, infieles a su origen, nómadas sin raíces, sin patria, sin amor ni pasión.

Sí, ya sé, que hay razones para hacer la oferta del hogar a la venta. También sé por qué las golondrinas emigran y abandonan sus nidos. Pero, ¿y los recuerdos? ¿Y la alegría del regreso con el recién nacido en brazos? ¿Y el cumpleaños celebrado en el patio? ¿El primer día de escuela? ¿Las Navidades y los años nuevos? ¿Las graduaciones y los abrazos? ¿Las bodas y las tornabodas? ¿La visita del primer nieto?

También sé que los recuerdos van con nosotros pero, más vívidos y más intensos al evocarlos desde la fuente generadora de la memoria. Contexto, entorno, ambiente, hogar y lar que nos integran y nos conforman.


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