Carolina Montemayor MartínezPuntuales, llegan cada mañana, alrededor de las 6:00. A esa hora sólo escucho el revolotear de su aleteo y sus breves pero decididos intentos de predominio. Sacian su hambre y su sed, entonan sus melodías, juguetean un rato ejercitando sus bríos y elevan su vuelo despertando en mí el viejo anhelo de tener alas, volar, surcar los cielos, libre y sin rumbo previsto. Planeando como albatros sobre el océano. Por las tardes, sus cantos tristes pueblan mi balcón, las notas graves de sus voces hablan, tal vez, de alguna pasión que se extinguió, de algún nido olvidado, de aquel o aquella que, entre la bruma de una mañana, se extravió...

Es un solaz de lujo, un privilegio, esta parvada de palomas, este hato de arrullos, esta docena de aladas amapolas que, cada día, se alimenta a dos metros escasos de mi lecho. Es un despertar en una franciscana ensoñación. Si veo decrecer la mixtura de granos, que, con fruición devoran, lleno de nuevo la pequeña fuente y vuelvo al atrio del cielo e imprimo en mi memoria la visión; en mi oído el gorjeo y, de mi mano en el hueco la sensación presente del halago, al contacto con tenue airón sedeño. Frenesí de las horas que llegan y se alejan y llevan, en su alforja, los paisajes que, al vuelo, estas aves, en sus ojos reflejan.

Desierto el escenario de mi balcón festivo, prolongado bostezo antecede al impulso de incorporar mi cuerpo que, paulatinamente, retoma el tren de vida. Música, ducha tibia y, entre notas y voces, la reiterada frase, repetida noticia que abruma nuestros días: La hambruna se aproxima. El silencio inunda la intimidad de mi alcoba, se instala entre la nieve de estío de mi cama y me sitia, me invade, amordaza, acribilla; el índice que clausura su boca, ordena y determina: es tiempo de prudencia, de sigilo y sordina... Entretanto, imagino el secuestro de todos nuestros sueños, esperanzas que extravían su vía, intentos que se esfuman, amor que se evapora, beso que se atenúa y el fantasma execrable, en actitud siniestra, apoltronado en nuestro patrio suelo, aullando su miseria y su trova de duelo...

Pienso en los precaristas cuya mesa, como yermo en invierno, ofrece sólo vientos. Pienso en el mundo hambriento, su frugal alimento, sus ruines consecuencias... y en la mentira ingrata de los falsos profetas quienes, con sus engaños, fingen remedios vanos...

Visualizo un averno sin opción de amnistía, países antes pobres, en terminal caída. Y olvido aquella orgía de palomas en el balcón del prodigio, profecías de infortunio y nubarrones de angustia obscurecen el hechizo. Sólo quedamos nosotros, avecillas del ensueño, ante el futuro impreciso y este universal delirio de enfrentar los desafíos y de enderezar entuertos.


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