Carolina Montemayor MartínezA decir de mi amigo Bernard, en mis escritos hago sonar la palabra "mar" a la manera de "amar" y, en vibrante metáfora, conjuga y funde ambos términos como sinónimos inadvertidos. No sé cuánto de razón tenga mi amigo pero, al sentimiento, dice mucho, y más aún a la imaginación, a esta florescencia excéntrica, esta alucinación singular que fusiona el acto a la existencia, esta amalgama que insinúa y desafía...

Bueno que Bernard esgrima sus argumentos. Bueno porque me invita a abandonar el torbellino de conspiraciones que advierto y temo cuando me instalo en esta realidad que ahoga y que conmina a cobardías y deserciones. Veo un solar que el azar hizo rico, acosado por buitres bandoleros, secuestradores, depredadores, algunos de sangre hermana, otros de estirpe extraña. Todos ellos en pugna por el despojo, el trofeo del robo.

Veo a los legatarios de esa riqueza, en el ingrato cepo de obligado silencio. Los veo con la mordaza del hambre y de la ignorancia a los que obliga cruel circunstancia. No se escuchan sus voces, sólo el crujir de dientes, ni su ademán coartado, sus prisioneras manos se contraen en vano.

Pesadilla opresiva que no delirio, angustiante fatiga que no termina al grito del despertar del sobresalto, hipnosis permanente que no obedece al signo final del prolongado hechizo. Terrible realidad la de este solar predestinadamente rico. ¡Pobre solar rico!

Consciente de que no sueño, regreso al apacible juego de metamorfosear "mar" y "amar" Pienso en mi amigo Bernard, un soñador irredento, poeta desde sus años de niño. Viejo amigo, quien, entre su tiempo y sus sueños hilandero de versos me rescata de esta realidad que ojalá fuera sólo un horroroso cuento o un hostil encantamiento... ¡Ojalá fuese sólo eso! No este llanto contenido, no este grito desolado, no este vagar solitario por senderos expropiados...


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