Ramiro Rodríguez MartínezEL DÍA DE MUERTOS no es un día que pueda provocar miedo o angustia, como podría pensar la gente de otros países. Mi madre va con cierta frecuencia a visitar las tumbas de nuestros deudos en Sabinas Hidalgo. No sólo es costumbre esperar los primeros días de noviembre en que el pueblo de México visita a sus muertos para recordar, para volver a vivir lo que se fue hace tiempo, sino que distintos espacios del año son buena ocasión para acompañarlos.

Ramiro Rodríguez MartínezEL DÍA DE MUERTOS no es un día que pueda provocar miedo o angustia, como podría pensar la gente de otros países. Mi madre va con cierta frecuencia a visitar las tumbas de nuestros deudos en Sabinas Hidalgo. No sólo es costumbre esperar los primeros días de noviembre en que el pueblo de México visita a sus muertos para recordar, para volver a vivir lo que se fue hace tiempo, sino que distintos espacios del año son buena ocasión para acompañarlos.

Durante los días de noviembre, cuando el calor del ambiente cobra otra dimensión –como de abandono, como de soledad de quienes se fueron–, cuando los majestuosos árboles del norte de México transforman la estampa verde de su follaje a una tonalidad ambarina como ritual sagrado de salutación al invierno que se encuentra por llegar, cuando las breves arterias del pueblo comienzan a vestirse de hojarasca en ritual sagrado, los cementerios de Sabinas Hidalgo presentan una contradicción inusitada al destellar cromatismo como consecuencia de la rica gama de flores colocadas sobre las tumbas de los muertos. Familias completas llegan al camposanto con una carga de azadones, palas, cubetas y franelas, con la intención de arreglar la tierra y los monumentos que guardan los restos de quienes emprendieron el viaje al más allá. Algunos perfeccionan con cuidado exacerbado la apariencia de las lápidas con pintura nueva a causa del deterioro provocado por la inclemencia del sol, el viento y la lluvia. Las aglomeraciones ocasionales que surgen a raíz de las diversas inhumaciones durante el año, conducen a la destrucción parcial de jarrones o figuras divinas de tumbas aledañas a la de turno, de tal manera que los familiares inician labores de reparación y remodelación utilizando sus propios recursos o contratando gente especializada que espera en las entradas principales del camposanto la brillante oportunidad para vender su mano de obra a precio accesible y llevar alimento a sus hijos. Otras familias, cuya economía no les permite colocar una lápida sobre las tumbas de sus muertos, se inclinan a desoterrar las raíces de las hierbas –obcecadas hierbas que se multiplican con persistencia y una rapidez por demás asombrosa– que crecen en la tierra que cubre los ataúdes, donde parecen encontrar un alimento especial proveniente de dos metros abajo.

Después de esta labor intensiva, la limpieza se despliega en abundancia, es satisfactoria y la definición del bulto sobre la tumba llega a parecer casi perfecto. Una serie de letanías se deja escuchar entre los brazos del viento en donde la petición prioritaria es el descanso eterno del ser querido. Es tanta la gente que concurre en esta época del año, que me hace pensar que el cementerio abre sus puertas solamente los días 1 y 2 de noviembre.

Los pequeños comerciantes que habitan el pueblo aprovechan tan magnífica ocasión para mejorar la economía familiar. La entrada principal del cementerio y las calles que conducen a la misma, se convierten en un gran mercado popular donde se vende una diversidad de productos: hay puestos de ramos de flores naturales, artificiales y coronas; puestos de frutas varias como cañas de azúcar, mandarinas, naranjas, toronjas o pomelos y otras frutas de la temporada; dulces de calabaza, camote o coco, en diversos tamaños y texturas; además, algunos comerciantes instalan pequeños puestos culinarios bajo techos improvisados con tallos de  nogal, de aguacate y hojas de palma adheridas con lienzos resistentes o con alambres delgados, en donde ofrecen antojitos mexicanos preparados con cuidadosa higiene, tales como las deliciosas gorditas, menudo, pozole, tostadas, la suculencia exquisita de las enchiladas, el mole en sus distintos colores y sazones y la sabrosura mexicanísima de los tacos de bistec o al pastor.

Nosotros llegamos al lugar con varios ramos de flores artificiales traídas de Matamoros que mi madre compra con anticipación. Además adquirimos ramos de flores naturales en los puestos ubicados en la entrada del camposanto, para lo cual mamá pide opinión sobre cuáles comprar. —Mira ¿qué te parecen estas gladiolas rojas? ¡Ah, mira aquéllas amarillas, qué hermosas están! Y aquéllas tan blancas qué lindas se ven, ¿verdad? Estos crisantemos están hermosos o aquellos claveles y margaritas. ¡Mira nada más, hijo!—, me dice chuleando las flores que llevará a las tumbas de Mamá María, tío Humberto y mis hermanitos. Mamá es amante de las flores y sabe identificar a cada una de ellas por su nombre. Yo desconozco cuáles pueden resultar más convenientes dado su precio, durabilidad o belleza. En realidad, opto por mantenerme inmerso y ocupado en interminable batalla con las mandarinas o las cañas de azúcar que compramos –dada mi insistencia y poder de convencimiento– antes de entrar al cementerio. Mamá también consulta las opiniones de Papá, de Leticia o de Blanca, con quienes llegamos cada año. Tras las sugerencias de mis hermanas, al final mi madre compra las que a ella le gustan. Los ramos de flores artificiales son comprados en las tiendas de chinos ubicadas en la vecina ciudad de Brownsville. Leticia confecciona una amplia variedad de ramos y cruces que le quedan muy originales; elabora diversos aros con alambres metálicos que obtiene de la destrucción de ganchos utilizados para organizar el guardarropa. Para su fabricación necesita unas pinzas mecánicas con las que une extremos y alambre más delgado para reforzar las intersecciones de los alambres colocados en una especie de telaraña. Luego utiliza papel de aluminio para cubrir los alambres y evitar la corrosión ocasionada por la intemperie. Para terminar, enreda los tallos metálicos de ramas y flores en los aros elaborados con anticipación de tal modo que parezca un singular ramillete de rosas o de claveles. En ocasiones, construye cruces con hielo seco para colocar ramas y flores artificiales a presión y obtener una cruz de rosas o girasoles. Estas últimas son de menor duración debido a la fragilidad del material utilizado. Al año siguiente encontraríamos los ramos colocados el año anterior con la estructura metálica casi intacta, sin el menor daño. La única pérdida sería el color de las flores artificiales. —Por esta sencilla razón prefiero conseguir flores artificiales— dirá mamá cuando regresemos a Sabinas Hidalgo el año próximo—. Perdura durante largo tiempo su color, que es como el recuerdo de ellos en cada uno de nosotros. Ya que no es posible que viajemos con frecuencia hasta mi pueblo, prefiero hacerlo así para que permanezcan arregladas las lápidas durante algún tiempo. Nunca están solos. Todo el año pienso en ellos.

Después de elegir las flores a la entrada del camposanto, tras penetrar con pasos lentos en las veredas laberínticas del panteón, encontramos la tumba donde descansan los restos de Mamá María y tío Humberto. En acto solemne, como un ritual religioso donde mi madre es una especie de sacerdotisa bella, se colocan los ramos seleccionados sobre la lápida y cada quien, suspendidos en la remembranza del pasado, del ayer que de manera ocasional vuelve hacia el presente con su inminencia blanca, da una oración por sus descansos. La costumbre del altar de muertos ya no tiene arraigo en este lugar de Nuevo León y la gente se limita a entregarles flores como ofrenda a su recuerdo. Poco después iniciamos la búsqueda para localizar las tumbas de mis pequeños hermanos. Mamá encabeza la procesión porque sabe con asombrosa exactitud hacia dónde dirigir sus pasos. Al encontrarlas, permanecemos un momento más prolongado. Mamá se reclina sobre las tumbas sin pronunciar palabra. Un silencio la invade por largos minutos y nosotros aceptamos su silencio. El recuerdo de sus hijos acaecidos en los años cincuenta es tan intenso que aún duele no tenerlos. Perder un hijo es un poco morir.

Las tumbas de nuestros deudos cobran una belleza significativa tras una limpieza minuciosa y la colocación de las flores elegidas para coronar su figura. Pronto se adhieren al colorido colectivo que invade al cementerio de Sabinas Hidalgo. Yo no conocí a mis hermanos acaecidos, pero mi madre me ha enseñado a quererlos cuando observo que son sustancia vital palpitante en sus recuerdos.

Hace ya varios años que no visito el camposanto de Sabinas Hidalgo. Mamá tampoco, desde que tomó la irrevocable decisión de iniciar la búsqueda de sus hijos en otros espacios.


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